noviembre 25, 2009

Cualquier otra cosa

Abandono, Salvador Tuset

Un día apareció mi tía, la hermana de mi madre, en casa. Siempre había tenido la sospecha de su locura, pero aquel día desvelé todas las dudas. Venía corriendo por la calle como disparada de una escopeta de caza, sin alma, con un pecho salido y la boca seca y jadeante como la de un perro que no atrapó finalmente a su presa. Hubiera querido llorar en aquel momento pero no le salía, sólo necesitaba hablar con mi madre. Cuando abrí la puerta y todo el viento que venía persiguiéndola entró de golpe en mis bolsillos, dijo eso:
-Necesito hablar con tu madre.
Y, sin embargo, había desaparecido. Yo no lo sabía y la hice pasar y la hice esperar. Después, cuando volví al salón y pude ver cómo se miraba incapaz de hacer nada el pecho alocado y desnudo, le dije que no estaba, que había salido sin que yo la escuchara. Y cómo, pensé. Entonces dijo: me lo temía. Y se marchó con el mismo viento con el que vino. Y pensé simplemente que estaba loca y no le di más explicaciones. Cuando mi madre salió de debajo de la cama pensé que era el único normal de mi familia y que quizá me parecía a mi padre, pero sólo quizá, tan desconocido era para mí toda la identidad que encerraba su nombre. Me contó mi madre que la tía acababa de ser abandonada por su marido.
-¿Y cómo lo sabes?
-Porque el tío me lo ha contado. Me lo contó ayer que me lo encontré en el mercado. Estaba comprando algo de fruta y apareció por allí de casualidad y nos quedamos charlando algún tiempo. Me dijo que no podía más, que pensaba dejar a la tía, le dije que lo pensara bien, que ya sabía como era, ya sabes tú también como es -ahí me di cuenta de que no, no sabía cómo era la tía, ni cómo era ella, ni nadie-, le dije que lo pensara pero que muy bien y me dijo que ya estaba decidido, que seguramente hoy le daría a ella la noticia.
-¿Qué hacías escondida bajo la cama?
-Tenía miedo, dijo.
Y noté que era un miedo verdadero y oculto, terreno al que yo no tenía acceso, así que me fui a mi habitación y me arropé con la idea de que me parecía a mi padre, tantas eran las ganas de refugiarme en alguien cercano, aunque nunca presente ni siquiera en fotografías. Pero lo pensé: me parezco a papá. Y caí en la cuenta de que nunca había dicho en alto aquello de papá, y me eché a llorar reconociendo aquel día como el primero de mi vida, el único real. La entrada de mi tía a casa, el miedo de mi madre, el recuerdo de mi padre entrando por primera vez dulce.
A las semanas apareció mi tío, que ya no era mi tío porque el parentesco, con el abandono, había desaparecido, y se quedó a tomar el café con mi madre. Aquella tarde mi madre me ordenó cerrar todas las puertas con pestillo y me pidió que no comentara con nadie la visita del tío. Yo lo acepté sin preguntar, sabiendo que mi madre seguía teniéndole miedo a mi tía y que él estuviera con nosotros de forma amistosa era algo que no se puede perdonar entre familiares. Mi tío lloró entre las manos de mi madre que no sabía cómo colocarlas para taparle la cara entera y que se sintiera bien. Intentó consolarlo diciéndole lo importante y especial que era para nosotros. Y todo lo que dijo era cierto: que para mí había sido como un padre, un ejemplo a seguir, a falta de compañía masculina y figura paterna cerca, él había sido para nosotros importante y necesario, y que lamentaba mucho que todo hubiera acabado así, que también para ella había sido un apoyo, que lo sentía de veras, pero que no podían seguir viéndose porque temía a la tía y estaba cansada de evitarla siempre. Mi tío lloraba y lloraba y de vez en cuando decía:
-¿Tú crees que nos está escuchando?
Y se refería a mí. Yo estaba escondido, aunque pareciera simplemente que andaba en mi cuarto haciendo mis cosas, yo sentía que estaba escondido, que estaba escuchando algo que no me pertenecía, palabras sin acabar y balbuceos que me eran desconocidos, y decía: papá, papá, papá. Y aquellos días en los que mi padre era lo único que me quedaba sentí que la imagen de mi madre, perfecta y redondeada hasta entonces, estaba sufriendo una mutación hacia cualquier otra cosa. Los ratos en los que me preguntaba cómo estaba, como si todo aquel tema de los tíos nos afectara de primera mano, notando yo en sus ojos y sus manos que esperaba una mentira mía, sabía perfectamente que todo había cambiado para nosotros. Entonces dijo:
-¿Te gustaría ver una foto de tu padre?
Yo sólo había visto una y un poco, porque hurgué en sus cajones y, cuando la escuché entrar en casa, lo dejé todo como estaba y salí corriendo de la habitación. Así que no pude retener la imagen, su cara, a pesar de que tuve claro que era él, él: papá. Dije que no, primero, y cuando mi madre preguntó si estaba seguro, me puse a llorar, sirviendo mi llanto remoto como respuesta. Sacó entonces una caja de galletas, con el precio puesto todavía, llena de cartas y fotos. Me dijo que ya me había hecho mayor, que lo notaba en mi forma de caminar y de mirar, y que ya estaba preparado para ver a mi padre, que ya era hora. Toqué aquellas fotos presintiendo que hasta mucho tiempo después mi madre no volvería a sacarlas y nunca me desvelaría los motivos que la llevaron a enseñármelas aquella noche y no otra, así que retuve la imagen a fuerza de verlas y tocarlas y llorarlas.
-La otra noche le enseñé las fotos de su padre.
Cuando mi madre hablaba de él, lo hacía con frialdad. Su padre, su padre. Como si nunca le hubiera amado, como si sólo fuera para nosotros dos mi padre, un desconocido. Y cuando escuché que le decía eso a mi tío, mi tío de otros tiempos, que había vuelto desobedeciendo lo que mi madre le había dicho apenas unas semanas antes, pensé que era injusto que se lo contara. Aquello me había parecido algo íntimo y nuestro, casi como un secreto, pensando yo que, igual que conmigo, no hablaba de mi padre con nadie más. Aquella noche intuí que la relación de mi madre con el tío era mucho más profunda de lo que yo había sabido hasta entonces y me sentí feliz. Volvió a llorar en las manos de mi madre, intentando ella quitárselas de la cara porque había cortado hacía un momento cebolla y se sentía sucia y algo cómica, refugiando unos ojos ya con lágrimas.
-Pero hombre, así como quieres, así como quieres.
Al rato mi madre tocó la puerta y dijo que el tío quería despedirse de mí, que saliera. Y salí sabiendo que me iba a encontrar dos caras diferentes a las que estaba acostumbrado, quizá sonrientes. Al verme, me revolvió el pelo con ternura y me dijo que estaba ya muy alto, que estaba hecho todo un hombre. Y mi madre dijo: ya te lo había dicho. Con un orgullo que me parecía nuevo y postizo. Entonces el tío se acercó, dándole la espalda a mi madre con mucha confianza, casi como un gesto de cariño entre ellos, golpeándole suave mi madre atrás, como quitándole polvo de la chaqueta, haciendo eso, tan familiar y cotidiano, mi tío se acercó a mí y me dijo:
-Puedes seguir llamándome tío, si quieres.
Y la pregunta se me quedó retumbando adentro. Quise decirle: ¿puedo llamarte papá? Pero sentí una punzada adentro, en el nuevo refugio amable que me ofrecía la imagen lejana y difusa de mi padre, mi nueva unión ficticia con él.

noviembre 24, 2009

Quizá obscenos y torpes

Palmerton, Franz Josef Kline

Mi madre conoció a la señora Adelina un día que el tren llegó tarde. Todos los miércoles íbamos a la ciudad para ir a un curandero. Desde hacía dos años que siempre andaba algo enferma y mi madre me llevaba allí pensando que aquélla era la solución. De las visitas al curandero recuerdo sobre todo el olor fuerte a un incienso que olía a muerto y una especie de neblina que ocupaba de forma física toda la sala de espera. El curandero era un hombre con el pelo grasiento y gafas de culo de botella que lo único que hacía era fanfarronear por mi cuerpo y devolverme a mi madre sólo un poco menos pura y más adulta. De la tos seca y las fiebres nocturnas y las pesadillas nadie hablaba en aquella consulta. Pero una vez el tren llegó tarde y Adelina, como vivía en unas casas que quedaban justo al lado de la vía del tren, sacó la cabeza por la ventana y nos avisó.
-Hoy no pasa el de las cinco.
Que era el único que nos dejaba en el curandero a la hora que teníamos cita. Y, como veníamos de tan lejos y tan cansados, mi madre se echó a llorar como si fuera imprescindible aquella visita. Y, con el tiempo, entendí que para ella más que para mí, por motivos que todavía me resultan secretos y oscuros: quizá obscenos y torpes. Entonces Adelina, que fue hablando desde ese momento de la ventana hasta que rodeó toda su casa, salió por la puerta, rodeó la casa por fuera y apareció a nuestro lado, hasta ese momento en que la tuvimos delante y comprobamos lo altísima que era, fue hablando sin que pudiéramos seguir la conversación en los trozos que estaba viniendo hacia nosotros. A mi madre se le secó el llanto y se la quedó mirando muy quieta y callada. Enseguida tuvo la necesidad de explicarse: todo lo de mi tos, todo lo de mis fiebres y pesadillas, el curandero, la solución, la vida, ay, que mata, que cansa, que tira, que arrastra. Y Adelina nos hizo pasar a su casa hasta que el tren siguiente llegara o hasta que marcháramos a nuestra casa. Al principio ni mi madre ni yo quisimos aceptar, pero de nuevo Adelina rodeó su casa hablando ya de lejos, entró y preparó tres tazas de café, dejando la mía vacía.
Cuando entramos, con un cierto retraimiento y, por qué no, miedo y desconfianza, cuando nos sentamos en la mesa, Adelina se levantó y descubrimos que aquello de hablar de camino hacia otras partes era costumbre suya. Y lo aceptamos de inmediato. Empezó a contarnos que su marido hacía diez años que había muerto y que desde entonces estaba sola. Mi madre me miró como diciendo: igual que yo. Sólo que mi padre no había muerto ni hacía diez años ni un día. Simplemente voló. Se marchó. Adelina lo contaba con frescura, como se cuentan otras cosas, mientras encendía la luz de una salita al fondo del pasillo. Hubo un silencio que no supimos interpretar: quería que fuéramos a ver. Y nos encontramos con un altar. Un cuartito lleno de velas encendidas y fotografías de su marido, todas de cuando ya estaba viejo y enfermo, todas de sus últimos días, no de cuando eran jóvenes o simplemente sanos. Después volvimos al salón contando Adelina por delante de nosotros y en tono chillón que esas velas jamás se habían apagado ni un sólo momento, que, cuando les quedaba poco, las cambiaba por otras, pero nunca se apagaban hasta que ya tenían la de repuesto.
Cuando íbamos a casa de Adelina, que empezó a ser como una costumbre más de las que se inventaba mi madre, no estábamos más de dos horas. El tren pasaba y, antes de que moviera las tazas de café y pusiera la mesa perdida, Adelina levantaba la suya y le hacía gestos a mi madre con la cabeza para que ella la imitara. La segunda vez que eso ocurría, mi madre, sin dejar todavía la taza, se levantaba y decía que teníamos que marcharnos. Al salir me decía que más rato en casa de Adelina le provocaba náuseas. No sabía si por el olor de las velas, por el traqueteo del tren o porque nuestra anfitriona no dejaba de hablar y de hablar y de hablar de su marido, a lo que mi madre, como mujer abandonada, no estaba acostumbrada. La cuestión es que nunca pasamos allí más de dos horas. Excepto una vez que me puse enferma y tuve que dormir allí, pero mi madre quedó en venir a buscarme la tarde siguiente. Me esperaría en el andén, dispuesta a ir un día antes al curandero. Aquella noche no la pude dormir de tanta luz como desprendían las velas del marido de Adelina.
El día que hacía once años que aquel hombre había muerto, coincidió, para martirio de mi madre, con el aniversario del abandono de mi padre. Así que de alguna manera aquella tarde era de celebración. Adelina puso más café del que vertía habitualmente en la taza de mi madre, compró más pastelillos de crema y le regaló a mi madre un santoral, desconociendo por completo el ateísmo de ésta. Yo me callé porque mi madre siempre me pedía, ya delante de la puerta de Adelina, esperando a que nos abriera, que mantuviera la boca cerrada. Suponiendo que quisiera abrirla en algún momento. Aquella tarde Adelina habló más de la cuenta y estaba más nerviosa y hablaba con unos aspavientos que desconocíamos hasta entonces. El tren pasó y a ambas se les olvidó levantar la taza y todo se cayó, retrasando cada vez más el momento de huir, porque lo que hacía mi madre de casa de Adelina, de la tía Adelina como le gustaba a ella misma nombrarse, era huir y no otra cosa. Cuando el tercer tren amenazaba con llegar, mi madre dijo que teníamos que marcharnos.
-¡Quedaos a dormir!
Mi madre por supuesto que se negó y, sin saber cómo, había ya sido arrastrada a la habitación de las velas para comprobar que sitio había para las dos de sobras, que podíamos dormir ahí y que qué mejor noche que ésa, qué mejor noche que ésa, ninguna otra. Mi madre empezó a sentirse muy mal y parecía estar ebria. Será mejor que nos marchemos, dijo, como advertencia. Y antes de que pudiera darse la vuelta, abrió la boca como una serpiente y vomitó sobre todo aquel altar. Todas las velas se apagaron. Todas las velas se apagaron y Adelina, contra todo pronóstico, no hizo nada, no se alarmó. Se dio la vuelta, por primera vez sin iniciar una conversación, y volvió con un fósforo. Sin limpiar toda la porquería de mi madre, se puso a encender todas las velas. Después dijo:
-No pasa nada. A decir verdad, sí se apagaron una vez.
Y las dos sabían de qué hablaba. Nunca la tía Adelina y mi madre fueron amigas.

noviembre 23, 2009

Y hasta nostalgia

Cabeza de mujer anciana, Ferdinand-Victor-Eugene Delacroix

Cuando mi abuela, en sus últimos días, se notó algo enferma, pesada y vieja, empezó a hablar de la muerte como si la recordara de otros tiempos: con naturalidad y hasta con un poco de nostalgia. Estaba ya, desde los ochenta años que quedaban atrás, dejada en una cama y todos pasábamos a visitarla allí, en su cuarto propio, para saludarla y darle conversación y compañía. Si nos encontrábamos familiares por la calle, nos preguntábamos lo primero siempre: ¿visitaste hoy a la abuela? Y si contestaban que sí, de alguna forma, uno se relajaba y se podía permitir aquel día no ir a verla. Hubo un pacto entre todos de no dejarla nunca sola, a pesar de que había una chiquilla cuidando de ella, una negrita que se traía la vecina todos los veranos y la soltaba en la calle para que fuera libre y feliz, hasta que un verano la abuela enfermó y la vecina encontró la excusa perfecta para pedir a la asociación que se la traía todos los años que se quedara. Y se quedó. Así que la negra cuidaba de la abuela y, aunque al principio todo fue ruido y drama, después se acostumbró a ella y acabaron siendo grandes amigas, enseñándole la abuela todas las cosas que sabía y desconocía, volviéndose la negra una mujer antigua de raza, muy española, castiza. Estaba en la cama y todos pasábamos a verla y, cuando se notó enferma y vieja y pesada, incluso un poco loca, hablaba de la muerte de una forma que a todos nos asustaba. Ya entonces empezó a gestarse la fiesta.
-Pero, abuela, cómo vamos a celebrar que se nos ha ido, no diga tonterías.
Para ella era tan natural su muerte, con casi noventa años, había vivido tantas cosas y guardaba tan buen recuerdo y agrado de la vida, que no quería consentir que lloráramos cuando ella se fuera. Tenía que irse, eso era todo. Así que se le ocurrió preparar una pequeña merendola para cuando ocurriera, para que brindáramos todos a su salud, para que habláramos de ella con gratitud, para que estuviéramos todos juntos, quién sabe, después de ella morir y acabarse la obligación y la unidad, quién sabe si por última vez.
Mi madre andaba todo el día escandalizada con el tema, totalmente histérica y desbordada.
-Bastante tengo con que usted ande algo más pachuchilla de lo normal, madre.
Y estaba tan angustiada con aquel tema que apenas comía, apenas hablaba y apenas dormía. Lo único que hacía era quejarse y desobedecer a ese lado suyo neutral y racional que la había perseguido siempre. Mi madre había sido, hasta entonces, una mujer de lo más práctica y resuelta. Pero la fiesta que la abuela quería que hiciéramos en su muerte la trastocó. Sobre todo, como burlándose de ella, cuando la eligió para guardar el dinero que todas las semanas separaba de la pensión que le pagaban por ser viuda de mi abuelo y del marido que tuvo antes de mi abuelo.
-Nena, como eres la que más dinero tienes de todas las niñas, te lo dejo a ti, porque sé que no me vas a robar. Porque no me vas a robar, ¿eh?
Y había algo en la manera de hablar de la abuela, en sus preguntas, que no tenía duda ni interrogación. Con aquello le dijo a mi madre que confiaba en ella. No quería saber si le iba a robar, le estaba ordenando que no lo hiciera. Y pesaba sobre mi madre una especie de maldición con aquella cajita de madera que iba llenándose a medida que mi abuela iba desinflándose. Todos los domingos iba a visitarla con la cajita a cuestas, para que pusiera la nueva cantidad y para contar lo que ya llevaban.
-Todavía no os da para una fiesta, eso es que me queda algo de vida. ¡Y de dinero!
A mi madre se la llevaban los mil demonios con aquellos comentarios brutos de mi abuela. Alguna vez que quise sumarme a esta despreocupada forma de mi abuela de unirse con Dios, como ella decía, mi madre me miró como si deseara que muriera yo en vez de ella y, en cierto modo, habría resultado un alivio si así hubiera sido: yo, desde luego, era mucho menos imprescindible en la familia. Y además no había cargado todavía a mi madre con un montón de monedas y palabras y con el temor de que me perdiera. Con lo que me convertí en el centro de sus manías y persecuciones.
La idea de que la abuela moriría cuando hubiera un bote suficiente para una fiesta para todos se convirtió en una realidad. Ya cuando nos encontrábamos por la calle preguntábamos dos cosas: ¿visitaste a la abuela hoy? Y: ¿sabes cuánto hay en la caja? Mi madre nunca acababa de desvelar la cantidad, siempre ponía de menos, como no queriendo descubrir las intimidades de su progenitora, como si fuera algo sólo de ellas, un lugar al que sólo tenían acceso las dos. O eso quería creerse, tan dolorida como estaba. Así que alguna vez me acerqué a contar el dinero a escondidas y alguna vez robé algunas monedas, suponiendo que no era un ladrón y que le estaba dando días o quizá semanas, sin saber todavía lo que valía el dinero, a mi abuela.
Pero la caja se llenó tarde o temprano. Se llenó de monedas que, de mi casa a la de ella, sonaba en el bolsillo de mi madre, pesándole el remordimiento, andando cada vez más raro para conseguir que toda aquella música de muerte no sonara en el interior de las casas ajenas.
Pero la caja se llenó y la abuela acabó muriendo.
Mi madre, cuando se enteró de la noticia, puesto que no estaba ella presente y le pareció una falta de... una falta por parte de la abuela, cuando se enteró cogió la caja y se puso a contar las monedas, diciendo:
-¡No puede ser, no puede ser!
Y corrió hacia la casa donde se había criado, sonando las monedas como sonaban en su infancia las canicas que se apostaba con sus hermanas, y corrió diciendo: ¡se habrá desmayado, se habrá desmayado! Pero la abuela se había muerto y sólo a ella, la eterna cuidadora de la fiesta, le sorprendía.
Con el hambre y la pena que estaba pasando mi familia en aquel momento en que la abuela murió, todos se volvieron a mi madre con cara de lástima, como pidiendo. Así que mi madre se fijó en cada uno de ellos y lanzó, airada y orgullosa, la caja al aire, cayendo de camino hacia el suelo todas las monedas, escondiéndose debajo de las mesas, las sillas, los sillones y todos los cuerpos de los que estábamos allí. Después se desmayó, desnutrida y enferma como estaba, ocultando la mayoría de las monedas que no habían rodado. Mientras algunos intentaban reanimarla, otros se fueron al comercio en el que, durante muchos días, habían ido encargando algunos manjares para cuando la ocasión lo mereciese. De modo que la fiesta se organizó en poquísimo tiempo. Unos recolocaron el salón, otros cuidaron de mi madre y los demás fueron haciendo viajes del comercio a la cocina de la abuela. Éramos tantos que yo no hice falta.
Cuando todo estuvo preparado y mi madre empezó a gritar como una loca, todos la miraron sorprendidos:
-¿Pero qué te pasa?
Como si fuera extraño que una mujer tan unida a su madre llorara al morir ésta. Todos estaban extrañadísimos de la pena que la invadía allí, entre tanta bebida y comida, tan necesitados como estaban todos. Y más incrédulos la observaban todavía al ver que tenía los carrillos llenos de comida, las manos cubiertas de un pastel de queso y toda la boca sucia y desorganizada. Pero qué te pasa, todos. Pero qué te pasa, Lourditas, por qué lloras ahora. Y ella, tardando un poco y tragando lo que le quedaba en la boca con un poco de esfuerzo, recreándose en la mueca que engullir todo eso suponía, dijo:
-Es que... ¡está delicioso! ¿No es cierto?
Y nadie se acordó de cerrarle los ojos a la abuela, que todavía miraba al techo. Sin ver.

noviembre 21, 2009

Años de todas formas

Interieur (avec femme debout), Vilhelm Hammershoi

Las primeras que acudieron al velorio fueron Juana, Victoria y Ángela. Jimena estaba sola porque sola estaba en aquella ciudad que la acogió y acomodó sólo a ratos. Estaba sentada en el salón, frente a un pequeño espejo que se camuflaba entre los marcos de las fotos de los familiares a los que veía poco o mucho. Se miraba constantemente, perpleja, incrédula. Su marido había muerto a los cuarenta años y ella tenía treinta y dos. A punto estaba de cumplir los treinta y tres. La edad de Cristo, le decía siempre que tenía ocasión su madre. Estaba sentada frente al espejo cuando tocaron a la puerta Juana, Victoria y Ángela. Las tres son viudas. Cuando las vio entrar en el salón llorosas, como si las uniera a ella algún tipo de empatía o cariño, pensó eso, que las tres eran viudas. Volvió a mirarse en el espejito, su piel suave, blanquecina, sus labios gruesos, los ojos indefinidos por las lágrimas, y se dijo: pero son viejas. Y entendía ella que ser viuda y vieja era totalmente compatible y, por lo tanto, a ella no la podían comprender. Por eso la presencia de las tres le irritaba tanto. Su marido había muerto porque un caballo le había dado una coz justo en el corazón. Todo su cuerpo se paralizó y murió al momento, lejos de ella. Un niño que no conocía apareció en su casa y se lo contó sin ningún tipo de piedad. Odió tanto al muchacho que supo que con la muerte de su marido empezaba una etapa en la que todo le iría grande y le resultaría desconocido, como esa rabia nueva y terrible que sintió al saber la noticia. ¿Podría ser verdad que estuviera odiando a conciencia a un chiquillo de seis o siete años? Pudo ser tan verdad como que al llegar las tres viudas, Juana, Victoria y Ángela, sintiera asco y un poco de lástima por ellas. Al fin, a ella todavía le quedaba su cuerpo joven y muchos años por delante. Años que no pensaba aprovechar, pero años de todas formas.
Las tres se sentaron en unas sillas que estaban ya preparadas, dejando sólo vacío el sofá y cuatro sillones de piel. Sacaron los pañuelos negros y lloraron quién sabe si por el marido de Jimena o por los suyos, tan olvidados durante el día. Lo sentían. Decían que lo sentía y que: tú sabes que nosotras hemos pasado por lo mismo, Jimena, puedes pedirnos lo que sea, lo que sea, que te vamos a ayudar, además aquí, tú, tú, aquí, tan sola como estás. Y Jimena no dejaba de sentirse malvada ni de sentir una gran repulsión por aquellas mujeres chapadas a la antigua y viudas pero viejas. No necesitaba ayuda.
-¿Podéis devolverme a mi marido?
No hizo la pregunta para dramatizar ni mucho menos. Y tampoco se había vuelto tan loca como para hacer la pregunta en serio. Sólo intentaba frivolizar un poco y hacerles entender que no había nadie en el mundo que fuera capaz de ayudarla, porque lo único que pedía, lo único que le servía, era que su marido no estuviera muerto y estuviera con ella.
Al velorio no fue nadie más. Absolutamente nadie. Juana, Victoria y Ángela se quedaron hasta entrada la noche y acostaron a Jimena un poco en contra de su voluntad. Le quitaron el vestido negro, que aunque de luto era ajustado y provocativo, y la metieron desnuda en la cama, revisándole disimuladamente el cuerpo. Una vez Jimena escuchó el portazo, cogió un cuchillo de la cocina y salió a la calle tal como la habían dejado las tres viudas: desnuda. Se fue directa a la cuadra donde estaba descansando el caballo que había matado a su marido y lo buscó. Era tan hermoso. Blanco, con algunas manchitas rosadas, como albino. Le acarició el pelo, le besó la boca como si fuera la de su marido. Y después le buscó el corazón, lo buscó como si fuera el cuerpo de un hombre, algo a tientas, y le clavó el cuchillo. Después se marchó a casa.
Desde entonces sólo las tres viudas van a visitarla de vez en cuando. La última vez que lo hicieron fue el día de todos los santos. Apagaron el cigarro que estaba fumando, de una cajetilla del marido, tiraron por el váter el vino que estaba bebiendo, de unas botellas antiguas del marido, la vistieron todo lo decente que pudieron, de negro, siempre de negro, la maquillaron sin que se notara, la calzaron con unos botines oscuros, y se la llevaron a rastras al cementerio. Jimena, desde que su marido había muerto, no había acudido al cementerio. Algunas veces antes había ido por placer, un gusto extraño y maldito que todo el mundo juzgaba. Se sentaba en la zona despejada de tumbas y tomaba el sol, un sol que calentaba más que el de la ciudad. Desde entonces, desde la coz del caballo, no había podido ir. Entraba dentro de las cosas que iban a cambiar en esa etapa que comenzó con el odio a un niño pequeño.
El camino se lo sabía bien. Iban las cuatro cogidas de la mano, Jimena lo más al centro que se podía siendo el número de mujeres que eran. Por alguna razón aquellas viudas querían que ella perteneciera al grupo que ya formaban. Insistían en que debería ir a verlas de vez en cuando, la mayoría de las tardes quedaban en casa de una para hacer la merienda y contarse tonterías. Como nunca iba, alguna vez habían metido la merienda en una cesta y habían pasado la tarde en el salón de Jimena, en el que todavía estaban, hasta que Juana, Victoria y Ángela quitaron, las sillas que preparó para que la gente se sentara en el velorio. Ella no dejaba de fumar sin ningún arte, más bien lamiendo la boquilla del cigarro, y de beber vasos de un vino que le dejaba la boca reseca y como llena de sangre vieja, algo áspera. Antes de irse, siempre hacían lo mismo: la desnudaban, la revisaban con disimulo y la metían en la cama. Si había bebido vino, con un pañuelo y mojándolo con la punta de la lengua, le quitaban las costras que se le habían ido haciendo en la comisura de los labios. Esas tardes en las que invadían su casa, Jimena tenía pesadillas.
De camino al cementerio se paró en seco, dominando por completo a las tres mujeres que notaron un fuerte tirón de las manos.
-No puedo ir.
No podía ir. No lo decía para dramatizar ni para hacerse de rogar. No podía ir, simplemente su cuerpo no se lo permitía, su mente tampoco. Juana, Victoria y Ángela, por supuesto, intentaron arrastrarla como ya estaban acostumbradas a hacer. Pero no pudieron. Estuvieron cuchicheando unos metros más allá de Jimena mientras ella, como una niña pequeña, esperaba, haciendo dibujos con el dedo en la arena fría, a que tomaran una decisión por ella. Con lo que ella debía hacer puesto que no quería ir al cementerio. Fue Juana la que se giró para decirle lo que habían pensado que hiciera:
-Espéranos aquí, nosotras debemos ir al cementerio, limpiar los nichos, cambiarle el agua a las flores que pusimos la semana pasada, cambiar las que estén ya muertas, rezar un poco. Pero no tardaremos nada, espéranos aquí y después pasaremos el día las cuatro juntas.
Jimena hizo como si obedeciera. Se quedó, incluso cuando ya no había peligro de que la vieran a lo lejos, esperándolas. O esperando cualquier cosa. Siguió dibujando cosas con el dedo en la arena hasta que se le quedó dormido y tuvo que coger varias ramas caídas que acababan siempre por romperse. Justo cuando vio que aparecían a los lejos Juana, Victoria y Ángela, echó a correr. Corrió y corrió y corrió y corrió. Cuando llegó al centro de la ciudad se había perdido, como cuando llegó la primera vez, acabando sus fuerzas para volver a casa justo delante de una iglesia que tenías las puertas muy abiertas.
Y entró sin creer en Dios.

noviembre 20, 2009

O por lo menos el verano

Sera sul Lago, Carlo Carra

Se podría decir que descubrí adónde podía llegar la maldad de un niño, mi propia maldad, cuando mi prima Laura descubrió el amor. En realidad no era mi prima pero como la guerra nos pilló a todos en casa de la abuela, a Laura incluida, que había venido sólo el verano para ayudarla con las tareas de la casa y el patio -la abuela solía hacer una limpieza general, arreglaba el huerto, limpiaba las paredes de cal del pequeño jardín, cambiaba todos los muebles-. Nos pilló allí adentro a todos, de vacaciones, y tuvimos que quedarnos. Laura era la nieta de una amiga de la abuela y de alguna manera se la prestó. Le dijo que le hacía falta una mujer como ella. Y se la trajo. Después nos acostumbramos a decirle la prima Laura pero, estrictamente, si nos ponemos justos, no lo era.
Como venía única y exclusivamente para ayudar a la abuela y hacerle la vida, o por lo menos el verano, más fácil, se permitía mandarle a hacer cosas por las que Laura no había venido. Una de ellas fue cuidar de nosotros: de Borja y de mí, que sí somos primos. Algunas tardes la abuela se la pasaba sola mirando por la ventana, imaginando que, un poco lejos o quizá bien cerca, cómo podría adivinarlo ella, imaginando que en ese preciso instante estaban matando a alguien por un ideal. La abuela solía disfrutar de la vida y solía valorarla con esas tardes en que se sentaba y miraba y meditaba sobre venganzas y penurias ajenas. Así que esas tardes mandaba a Laura a cuidarnos, a darnos alguna clase estival de lo que se le ocurriera, la mandaba a entretenernos y, sobre todo, a que no la molestáramos. Todos sabíamos las manías que tenía y las respetábamos con la condición de que nos dejara tranquilos para toda la tarde.
Al principio Laura era tranquila y obediente. No conocía nada y lo de quedarse en casa de la abuela más tiempo de la cuenta parecía una especie de trampa. Alguna vez decía: ¿seguro que hay una guerra, señora? Porque estaba convencida de que se lo inventaba la abuela para retenerla ahí, para utilizarla, para servirla. Yo creo que, si así hubiera sido, Laura hubiera aceptado quedarse de todas formas, sólo necesitaba saber la verdad. Por aquellos entonces la verdad era muy importante para todos, queríamos saber la verdad y nada nos bastaba más que eso. Después, cuando se convenció de que la guerra estaba y la abuela no pretendía abusar de ella y en el fondo vivir en aquella islita era casi un refugio, no es que se volviera descarada ni desobediente, pero nos cogió confianza a todos y no se paseaba por casa con miedo, como le pasaba al principio.
A los dos meses de estar ahí, habiendo pasado de largo ya el verano y quedando indefinido el tiempo que pasaríamos así, alargando unas vacaciones que escondían pobreza y muerte, Laura se enamoró de un chico que vivía en la casa de al lado. Algunas tardes él, a escondidas de la abuela que estaba concentradísima recreando desgracias terribles, venía a casa y pasaba la tarde con nosotros. Eso las primeras semanas cuando todavía Laura no estaba segura de él, del Chino, que era como le llamábamos Borja y yo, no sabiendo todavía, aunque no faltaba mucho, lo que era pasar la línea de lo cruel. Cuando Laura se sintió bien con él, cuando pasó ese periodo que tuvo que pasar también en casa, empezó a ausentarse en esas tardes que la abuela pedía reposo e intimidad. Igual de pavos y conformistas y lentos que Laura, a Borja y a mí nos costó decidir que, si ella marchaba, nosotros también lo haríamos.
Nos íbamos al cementerio de barcas donde Borja tenía, heredada de su padre que todavía no había muerto pero estaba en el frente, una barquita que se llamaba Leontina. Nos íbamos allí, nos tumbábamos al sol y, a falta de conversación o actividad, nos poníamos a imaginar lo que hacían Laura y el Chino, o las cosas que diría la abuela si se enterara de que la prima postiza nos abandonaba: tanto como estaba haciendo por ella, que podría haberla devuelto a su casa le deparara lo que fuera.
-Estoy casi convencido de que no hacen nada, ese Chino es un parao', es imposible que le toque siquiera un dedo del pie.
Borja hablaba con una suficiencia acerca del amor y del sexo que me hacía entender que él tenía algún tipo de experiencia. Sin embargo, éramos todavía pequeños y los últimos meses no se había movido de mi lado, muy a su pesar. Me preguntaba por las noches a quién Borja se atrevería a tocarle un dedo del pie, o de dónde había sacado la información necesaria como para poder hablar de según qué cosas sin ningún vacío explicativo. Usábamos a Laura para poder hablarnos de todas esas cosas o, mejor dicho, para que Borja me contara todo lo que sabía sobre el tema que, por lo visto, era tanto y tan detallado. Con el tiempo acabé sabiendo que mi primo no tenía ni idea de nada y que si acaso podía hablar del tema era sólo de oídas. Pero para eso tuvo que pasar mucho tiempo, tuvo que aparecer Andresito y fue ya demasiado tarde para poder devolverle una tarde de sol a Borja, como poniéndome a un nivel superior.
Una de esas tardes en que nos escapamos para ir a ver la Leontina no pudimos hablar ni de Laura ni del Chino. Cuando llegamos a la barca -motivo de orgullo para mi primo Borja y también para mí- encontramos que, escondido en contra de su voluntad tras los colores azulados y blancos que pintó un día el padre de Borja sobre la madera, reposaba un hombre muerto.
-Está muerto...
Los dos lo sabíamos y sin embargo tuve que decirlo esperando a que Borja me llevara la contraria, a que me dijera que no, que estaba... qué sé yo, de cualquier otra forma, pero no muerto. Yo jamás había visto a uno y recé rapidísimo todo lo que pude para que fuera un error. Pero no fue así. Borja se acercó a él con la misma rebeldía con la que hablaba de sexo y amor y mujeres, lo volteó y apareció la cara del Chino. Es su padre, me dijo.
-¿Estás seguro de que no es él?
Se me parecían tanto que no lograba diferenciarlos. Además se sabía que el padre del Chino era joven porque a él lo tuvieron muy temprano y sin desearlo. Así que la diferencia de edad no era mucha y además el novio de Laura, aunque era joven, tenía un aspecto antiguo e indefinido. Pero no, era el padre, no era él. Enseguida me puse a pensar en qué podríamos hacer. Me vi cargando al muerto en la Leontina, dejándolo ahí, acercándonos a casa de la abuela, interrumpiéndola para contarle la verdad de todo, acercarle la desgracia para que saboreara de primer mano la vida y la muerte, afianzar todos aquellos pensamientos macabros, llamar a Laura y al Chino, contar de nuevo la verdad, volver a la Leontina, llevar entre todos el cuerpo del padre a su casa o adonde nos dijeran. Y mientras trazaba todos estos planes en alto, Borja me dijo, pasándome una mano por la cara para humillarme y hacerme sentir una estúpida:
-¿Pero es que estás tonta? No podemos hacer nada, ya no podemos hacer nada. No. No podemos hacer nada y nada vamos a hacer.
No quería que la abuela supiera de nuestras excursiones, no quería que la abuela supiera nada y estaba dispuesto a pagar aquel precio tan alto. Excesivamente alto a mi parecer. Así que nos fuimos sin decir nada, volvimos a casa antes de lo previsto y Laura todavía no había regresado. Por la noche, durmiendo ya, que nosotras dormíamos en la misma cama porque no había más, Laura, que todavía no sabía nada porque no me veía capaz de confesarle lo que habíamos visto aquella tarde gracias a ella o por su culpa, me contó que había perdido la virginidad. Y yo pensé en la cartillita pequeña que repartieron por toda la isla, con una virgen en medio y el nombre de mi madre abajo, el día que ella murió. Aquella noche hacía seis meses y trece días. Justo seis meses y trece días. Y yo también, dije, algo mareada y como para nadie.