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mayo 10, 2013

Diario de un hombre tierno


Aunque el diario de “La tregua” pertenece a Martín Santomé, quien haya visto alguna vez los ojos de Mario Benedetti estará de acuerdo conmigo en que es inevitable mezclarlos y confundir a estos dos hombres tiernos, y con toda la intención del mundo. También he decidido confundirlo a propósito con el coronel de Gabriel García Márquez, y diré por qué. Martín Santomé se va a jubilar y cuenta uno a uno los días, una cuenta atrás penosa que lleva desde hace cinco años. Ambos hombres están marcados por la cotidianidad, por una gris y rutinaria vida que los tiene estancados, apartados del camino, en una especie de mundo pausado en el que nadie les pide que se impliquen. Se mantienen al margen y esperan una carta o la jubilación, pero están en un limbo desagradable, adormilados, sin que nadie les tenga en cuenta. Los ojos de Benedetti, en cambio, obedecen más a la ternura de Martín Santomé cuando aparece Laura Avellaneda. Pero no quiero adelantarme ni contar esta historia de forma desordenada. “La tregua” es el diario de un hombre que, aunque no precisa tanto ocio como para llevar la cuenta atrás del tiempo que le queda para jubilarse, sólo piensa en descontarle días a su libertad. Viudo desde hace muchos años y con hijos ya mayores y bastante ajenos a él, unos desconocidos, Martín Santomé trabaja en una oficina y esto es todo lo que se puede contar de este pobre hombre. La novela empieza con unos versos de Vicente Huidobro que saben explicar mucho mejor que yo qué tipo de hombre es: Mi mano derecha es una golondrina / Mi mano izquierda es un ciprés / Mi cabeza por delante es un señor vivo / Y por detrás es un señor muerto. Sí, Martín Santomé es un señor muerto que se levanta y arrastra su ternura hasta que consigue buscarle acomodo en la vida lentísima que lleva desde que está solo. Procura, de vez en cuando y con poco éxito, acercarse a sus hijos, pero ni eso le alcanza para que el señor vivo de la parte de delante de la cabeza sea más importante que la de atrás. Martín Santome, o vaya usted a saber, quizá Mario Benedetti, hablan de los hombres a horario de Montevideo, y dice que entran a las ocho y media y salen a las doce, y regresan a las dos y media y se van definitivamente a las siete, y tienen los rostros crispados y sudorosos, y van y vienen, y: Están instalados demasiado cómodamente en la vida, en tanto yo me pongo neurasténico frente a un almanaque con su febrero consagrado a Goya. De acuerdo, Martín Santomé no es un hombre a horario y a diferencia de los que sí, no está instalado cómodamente en la vida, pero está instalado en algo peor, y es en la no vida. Martín Santomé se siente vacío y además lo escribe: doblemente vacío. No es un hombre a horario y sin embargo tiene un horario y, desde fuera, parece que no se ponga neurasténico frente a un almanaque. Desde fuera. Pero nosotros a Martín, el pobre Martín Santomé, lo conocemos desde dentro, y ahí vemos qué tipo de calambres le recorren su acomodado cuerpo, y qué pesar lleva encima, y lo mucho que le cuesta descontar días para la jubilación sabiendo que, una vez llegue, no va a saber qué hacer con el hombre sin el horario. Pero entonces ocurre algo maravilloso y es que entra en escena Laura Avellaneda, una mujer de veinticuatro años que pudorosa y tímidamente acaba por enamorarlo. Es ahí donde podemos ver el diario de un hombre tierno, que se fija en si Avellaneda lo tutea o no, que le cuenta los lunares mientras repasan las cuentas de la oficina, que se fija en los llantos de Avellaneda y les busca la explicación, que se da cuenta de lo poco que entiende a las mujeres, que lo tienen despistado; y es ahí donde vemos lo que puede hacer el amor con un hombre que está solo, que está apartado, que se va a jubilar pero no le va a servir absolutamente para nada. Avellaneda… mirad qué consigue de Martín Santomé: Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano, y eso era amor. Avellaneda arranca a Martín Santomé de donde estaba, ese limbo peligroso de la rutina gris, y lo vivifica: coge a ese hombre apartado de la vida, solo, vacío, que escribe sobre esa vida, esa soledad y ese vacío, y lo sacude así, tiernamente, con sólo cogerle la mano. Pero el hombre que llevaba la cuenta atrás hacia la jubilación, lo que no sabe es que estaba llevando la cuenta atrás para el final de su felicidad. Martín Santomé, que ya no se parece en nada a un hombre a horario, que con Avellaneda ha vuelto a la vida, a una vida activa, una vida viva, lo que no sabe es que su suerte es una suerte oscura. Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Esa tregua es Laura Avellaneda, pero Laura Avellaneda se apaga, se va apagando. Y Benedetti, que tiene esos ojos, que la ternura de este diario es suya más que de Martín Santomé, que se apaga con Avellaneda y se vuelve al incómodo limbo de la soledad y el hombre a horario sin horario, jubilado, Benedetti nos concede también una tregua, y nos regala un poema de la mujer de veinticuatro años que despertó a Martín Santomé, que tuvo el sencillo coraje de quererla: Usted Martín Santomé no sabe / cómo querría tener yo ahora / todo el tiempo del mundo para quererlo / pero no voy a convocarlo junto a mí / ya que aún en el caso de / que no estuviera / todavía muriéndome entonces moriría / sólo de aproximarme a su tristeza. // Usted Martín Santomé no sabe / cuánto he luchado por seguir viviendo / cómo he querido vivir para vivirlo / porque me estoy muriendo, Santomé. // Usted claro no sabe / ya que nunca lo he dicho ni siquiera / en esas noches en que usted me descubre / con sus manos incrédulas y libres / usted no sabe cómo yo valoro / su sencillo coraje de quererme. // Usted Martín Santomé no sabe / y sé que no lo sabe / porque he visto sus ojos despejando / la incógnita del miedo // no sabe que no es viejo / que no podría serlo / en todo caso allá usted con sus años / yo estoy segura de quererlo así. // Usted Martín Santomé no sabe / qué bien, que lindo dice / Avellaneda / de algún modo ha inventado / mi nombre con su amor. // Usted es la respuesta que yo esperaba / a una pregunta que nunca he formulado / usted es mi hombre / y yo la que abandono / usted es mi hombre / y yo la que flaqueo. // Usted Martín Santomé no sabe / al menos no lo sabe en esta espera / qué triste es ver cerrarse la alegría / sin previo aviso / de un brutal portazo. // Es raro / pero siento / que me voy alejando / de usted y de mí / que estábamos tan cerca / de mí y de usted // quizá porque vivir es eso / es estar cerca / y yo me estoy muriendo / Santomé / no sabe usted / qué oscura / qué lejos / qué callada / usted / Martín / Martín cómo era / los nombres se me caen / yo misma me estoy cayendo 
usted de todos modos 
no sabe ni imagina 
qué sola va a quedar 
mi muerte 
sin 
su 
vi 
da.

mayo 06, 2013

La desgracia de nacer mujer


Lo dicho, esta especie de transposición del estado de mujer a hombre es cada día más acentuada en mí, y por eso no tengo tanta zozobra moral como en otro caso tendría. De los dos órdenes de virtudes que se exigen al género humano, elijo las del varón... y en paz.

abril 29, 2013

El club de los poetas suicidas: Sylvia Plath


Nunca volveré a hablar con Dios. Esa es la respuesta que Sylvia Plath le da a su madre cuando esta le comunica que su padre ha muerto. La infancia de la poeta, hasta que su padre muere, es bastante común en la medida que las familias felices son comunes.


abril 28, 2013

Poesía de la sangre

Els negres i el violeta, Joan Hernández Pijoan 

La primera vez que me sentí conmovida por La hora violeta, todavía no existía como libro. Sergio del Molino hablaba de cómo se refugiaba en la música, de cómo se ovillaba hacia la adolescencia, cuando todavía todo está por hacer y todo es posible, como dice Miquel Martí i Pol. Entonces al cuerpo de Pablo, y me vais a permitir que llame Pablo a Pablo, le acababa de llegar una inquilina preciosa, una médula francesa nueva, limpia. La segunda vez que me conmovió La hora violeta, estuve dentro de ella: y también estuve ahí con Leño, con Barricada, por las calles de Barcelona, en una habitación de hospital, con el Cocoliso —y me vais a permitir que también le llame Cocoliso—, con Cris, con Sergio del Molino.
La hora violeta es una hora interminable y concreta que puede durar tanto como uno se lo proponga. Para Sergio del Molino va a durar lo mismo que dura la pena y la pena se ha instalado. La hora violeta ha sido una célula maligna que se ha colado en el cuerpo del padre de Pablo, igual que la leucemia en el cuerpo del hijo de Sergio. Mientras escribo me parece estar invadiendo un espacio que es íntimo y privado: Pablo y Sergio o Pablo y Cris (nunca juntos, no se cabe) estaban metidos en una burbuja en la que no había sitio para nadie más y, sin embargo, yo tengo la sensación de haber estado también ahí dentro, pulsando el botón del mando de bajar la persiana y dándole con ella en las narices al tío Pedro. Me gustó y coincido con Carlos en lo que dijo: parece una obscenidad hablar de este libro, pero es un libro y nosotros hablamos de libros y vamos a hablar de éste. Hay dos motivos por los que, a pesar del pudor, estoy tranquila escribiendo sobre Pablo. La primera es que Sergio del Molino, antes de que su hijo tuviera leucemia —y me vais a permitir que llame leucemia a la leucemia—, tuvo que hablar con la madre de una niña con leucemia y con los padres de un joven que había muerto en un atentado, y él mismo sabe lo difícil que es hablar del dolor de los demás cuando es tan palpable y evidente y descorazonador. Sí, parece indecente hablar de la muerte de un hijo y sin embargo Sergio habló de aquellas muertes y ahora somos nosotros los que tenemos ese papel; de la misma manera que Sergio empezó siendo un lector de Mortal y rosa para acabar haciendo un libro de las mismas características. Es decir, Sergio, antes de la hora violeta, estuvo de este lado. La segunda es que en el libro hay un mensaje claro y que se va dando constantemente: llamar a todo por su nombre. Llamar Pablo a Pablo, llamar Cris a Cris, llamar Ascen a Ascen, llamar leucemia a la leucemia, llamar putas vendas a los medios físicos. Sergio del Molino procura no eufimizar la enfermedad y la muerte de su niño, y yo tampoco quiero hacerlo y para no hacerlo tengo que escribir indecentemente sobre Pablo, el Cuque. De la misma manera que los padres de los niños calvos miran a sus hijos y reconocen los cables y las bombas pero las asumen, yo asumo a Pablo y hablo de él impúdica y sé que en el fondo no hay otra manera que ésta, el acercamiento. Veo todo lo que rodea a Pablo y lo enumero, le doy el nombre que tiene, y así es como respeto a Pablo y lo que le pasó a Pablo.

Violet Tones, Oscar Bluemner 

Ya lo dije pero lo vuelvo a decir: la primera vez que me di cuenta de que a los padres que pierden a sus hijos no se les llama de ninguna manera, fue leyendo Más allá del tiempo. David Grossman escribe lo que le pasó a él y a su hijo porque dice que si no es escribiéndolo, no consigue entenderlo. Los deshijados con capacidad para hablar de su deshijamiento escriben libros dolorosos que el lector no sabe cómo leer (qué hago con tu dolor), de la misma manera que los extraños no sabemos cómo mirar a un niñito calvo en un hospital. Hay cosas para las que no estamos preparados: que un padre pierda a un hijo, que ese padre hable de que ha perdido a su hijo. No nos programaron para esto y no tenemos la palabra para denominarlo. Sergio del Molino, que se esmera en llamar a las cosas por su nombre en las páginas del libro, no tiene uno para lo que le ha pasado. No puede ni siquiera buscarle un eufemismo porque para el eufemismo necesitamos una palabra que suene mal, y no: los padres que pierden a sus hijos están malditos por el lenguaje y se quedan vagando y por eso la hora violeta es todavía más pesada y lenta. Hay algo significativo en esa búsqueda por nombrar lo innombrable, y quizá es solamente una percepción mía. Sergio del Molino, desde que Pablo recibe el diagnóstico hasta que esperan que la médula se instale cómodamente en su débil cuerpo y acabe con los monstruos, habla con justicia: nos da nombres técnicos, etiqueta todo el dolor, domestica el miedo. De la misma manera que cataloga las cajas en las que quedan, como supervivencia, las cosas de Pablo, Sergio del Molino pasa tres cuartas partes del libro depurando su dolor para convertirlo en, como David Grossman. Escribe porque es escritor y habla de Pablo porque Pablo es su niño. Toma distancia y escribe y es Pablo y Pablo y todo está etiquetado, tiene un nombre y además del nombre tiene el eufemismo y hasta metáforas. Todo es milimétricamente dicho, porque puede decirse. Así, hasta que Pablo muere, Sergio del Molino puede hablar de los procesos, de los ciclos, del verde, del rechazo, del cansancio, de la lucha, del hospital. Todo tiene nombre y Sergio los ha aprendido y nos los muestra. Pero entonces llega la hora violeta: en esa hora no hay nombre para lo que le ha pasado, el deshijamiento no tiene eufemismo, y Sergio ya no tiene etiquetas, ya no puede mostrarnos los siguientes pasos porque el siguiente paso es el abismo. Sí, mientras todo pueda decirse, Sergio lo dice: transfusión, célula, bomba, mascarilla, esterilizado. Pero cuando Pablo ya no está, se pierden los nombres y ahí el escritor ya no es escritor, porque Pablo ya no es Pablo. ¿Qué ocurre entonces con el libro? Que se poetiza. La última parte de La hora violeta, para la que no hay palabras, se poetiza porque el escritor no puede etiquetar la muerte de un hijo ni puede domesticarla ni puede asimilarla, así que tiene que poetizarla como se poetizaba en la sangre de Pablo el transplante de progenitores hematopoyéticos. He estado oyendo crecer al hijo de Sergio, y todavía.

abril 24, 2013

Privada


perfilada por un fulgor
una filigrana eléctrica
y en el viento borlitas
     nacientes

esa flor apartada
puesta en la sombra
            una isla empobrecida
            privada de luz
                   consumida

abril 22, 2013

Códigos


si rechazas
serás rechazada

una Eva expulsada
del paraíso

y afuera
lejos de tu dios
hasta entonces complaciente
las cosas no te serán
    propicias

a la manzana
ya no se le llamará
    manzana

y tendrás que aprender
las reglas del exilio

           un nuevo código

abril 08, 2013

La mujer que sangra


Probablemente la palabra común a la mayoría es una: herida. La mujer sangra por esa herida y esa herida es la que la mantiene unida a un cierto salvajismo, algo animal. Una vez al mes, la mujer, la poeta, se parte en dos y de esa herida nos muestra que hay vida y que la vida es natural de la misma manera que para ellas lo es la escritura.